Por el Prof. Enrique J. Quintana con
colaboración de Dr. Mario R. Ayala
Una organización docente se convierte en una institución
nacional, cuando dentro de sus aulas se forjan hombres y mujeres de prominencia
pública tal que son capaces de encausar el destino de la nación que los vió
nacer. El colegio La Progresiva de Cárdenas cumplió a cabalidad esa función
institucional, ocupando un lugar histórico en La Cuba republicana de la primera
mitad del siglo 20, inigualable en el campo educacional de nuestra Patria.
La Progresiva, desde su fundación, se vió bendecida por la
dedicación absoluta de hombres y mujeres que con verdadera devoción dieron lo
mejor de si en su afán de conducir esta organización docente por los mejores
rumbos, en interés no solo del colegio, sino también de la comunidad donde se
desenvolvió.
La Progresiva surge en un momento histórico crucial en nuestra
nación. La patria rompe definitivamente sus cadenas coloniales para convertirse
en una nación soberana, con una forma democrática de gobierno inspirada en la
que más de cien años antes se fundara en la ciudad de Filadelfia, cuna de los
Estados Unidos de América.
Pero esta institución tal vez hubiera cumplido tan solo sus
metas materiales de éxito económico, si no hubiera habido tras de ella el
impulso espiritual que la elevara a alturas insospechadas, y cuya influencia
rompiera las limitaciones que las circunstancias políticas le impusieran,
manteniendo suespíritu fuerte y pujante a través de un destierro que pasa de
las tres decadas. Me refiero, desde luego, a esa gran figura excepcional e
inolvidable de Robert L. Wharton, el hombre que nos enseñara a soñar, actuar y
cooperar.
Cuatro siglos de yugo colonial y dos guerras emancipadoras
terriblemente sangrientas, poco habían hecho en el campo docente de la Isla. La
educación, de si precaria en la metropoli, era practicamente inexistente en las
colonias. La educación estaba reservada a las clases privilegiadas e
integristas en colegios dirigidos por órdenes escolásticas Católico-Romanas.
LaIntervención norteamericana en la Guerra de Independencia de Cuba y epoca
postguerra trae junto a la organización de la infraestructura de nuestra
Patria, una absoluta libertad religiosa. Con ella vienen los misioneros
norteamericanos y sus nuevos conceptos de educación pragmática, que John Dewey
predicara desde su cátedra en la Universidad de Chicago y en la de Columbia en
New York. Nuevas y frescas orientaciones, horizontes que se dilatan hasta
perderse en el infinito, como si quisieran alcanzar el cielo.
Por donde quiera que penetremos la historia de La Progresiva, la
encontraremos saturada de la profundidad bíblica; desde el primer día de
clases, en la Apertura del Curso, leyendo Primera de Corintios 13: el nuevo
pacto del amor, y siguiendo cada mañana, antes de comenzar las tareas docentes,
con su mensaje bíblico, enfatizando el pasaje en referencia a la vida de
nuestro Redentor que nos dice "y el niño crecía y se fortalecía,
llenándose de sabiduría, y la Gracia de Dios estaba con El." Es decir,
comenzar el día con lo que ha de ser base y sustento de nuestro colegio: su
fundamento esencialmente religioso.
Por eso La Progresiva fue diferente. Allí recibíamos la
sabiduría divina al comenzar el día; y luego la sabiduría de la mente en
forma vertical. Se nutría el cuerpo físico, fortaleciendo el músculo a través
de deportes que disciplinaban el carácter, aprendiendo a ganar o a perder, ya
fuera en la pelota, o en el tennis, el basket, la piscina, la pista de track, o
el Club Gimnástico. Aprendíamos a comportarnos en grupo en el "Club de
los Quince," las elecciones, debates y recitales de la "Sociedad
Literaria," la Embajada Artística, las clases de apreciación musical de
la Biblioteca o los banquetes de coeducación en los dormitorios del colegio. Ahí
radica la magia de La Progresiva y, sobre todo, el hecho de colocar en las manos
de cada graduado una Biblia, para que fuera faro de luz en su camino.
Una de las ideas fundamentales que inculcaron los fundadores de
esta institución a todos los que se cobijaron a su sombra desde sus modestos
inicios, un once de noviembre de 1900, hasta que la tiranía castrista cerrara
sus puertas en Mayo de 1961, con una matrícula de casi dos mil alumnos, fue
precisamente su constante preocupación por las necesidades de la comunidad. Las
Iglesias Evangélicas de Cuba realizaron su Apostolado principalmente entre las
clases más necesitadas de la Isla, y hacia ellas, y a la necesidad de que
superaran por medio de la educación van dedicados sus mejores y más
insistentes esfuerzos. En una época en que la co-educación era inexistente en
Cuba, La Progresiva, venciendo prejuicios anacrónicos reunió en sus aulas
varones y hembras. Los que podían pagaban la pequeña cuota completa, otros
pagaban lo que podían; y los que no podían también asistían al colegio, bajo
un sistema por el cual sus padres abonaban sus matrículas prestando valiosos
servicios a la institución. Esta fue siempre una de sus grandes misiones históricas:
tomar los niños de los estratos más humildes de la población y elevarlos a la
clase media, o a alturas insospechadas en el seno de la sociedad. En sus aulas
se reunieron ricos y pobres, pero todos entraban a la escuela juntos, por la
puerta del frente.
La formación del Comité Pro-Calles, fue una de esas
iniciativas brillantes del Dr. Wharton que unió al colegio y a la cuidad de Cárdenas
en un logro común. Este proyecto tuvo un impacto nacional. No es de extrañar
que estas preocupaciones comunitarias premiaran a los Directores de La
Progresiva con la Presidencia del Club Rotario local, que casi de derecho
ocuparon miembros del staff por muchos años. Y es obvio que una Cuba agradecida
honrara al Dr. Robert L. Wharton con la orden Gran Cruz de Carlos Manuel de Céspedes,
concedidas sólo a aquellos que realizaran una contribución notable al
bienestar de la nación.
Cuando en los años treinta Cuba atravesaba una de sus grandes
crisis políticas y el estudiantado se rebelaba contra una odiosa dictadura oligárquica,
La Progresiva supo ocupar su lugar cívico y patriótico uniéndose a la
Federación Estudiantil Universitaria de la Universidad de La Habana en su
decisión de no asistir a los exámenes que se celebraban en los Institutos
Provinciales. A instancias del Dr. Wharton y reunidos en el Aula Magna del
colegio estudiantes y profesores, éste les expresó que él comprendía "que
el problema político y estudiantil de Cuba era muy grave, y que él confiaba
plenamente en la capacidad de profesores y alumnos para tomar una decisión. Aún
la de cerrar el colegio si era necesario.
Mr. Wharton terminó su exhortación con estas palabras, que
reflejan su estatura moral y sus principios cristianos: "La Progresiva está
en sus manos, pero primero pidan ayuda a Dios antes de tomar una decisión."
Al finalizar, se retiró a su casa donde esperó confiado que la semilla
sembrada en cada alumno en las aulas del colegio iba a dar su fruto en lo que
acordaran finalmente. Las clases continuaron aunque los alumnos de Segunda Enseñanza
sabían que no recibirían sus créditos oficiales. La aceptación de esta
solución por parte de Mr. Wharton (que era un cuidadano norteamericano) puso de
manifiesto su respeto por la opinión cívica como cubanos, de aquellos
estudiantes. Esto es parte también de la magia de "La Progresiva,"
que nos mantiene unidos en el exilio.
Nuestro lema: "Una vez de La Progresiva, siempre de La
Progresiva" se pone en evidencia en los innumerables testimonios de
aquellos que pasaron por sus aulas. "Mi mayor inspiración en La Progresiva"
la recibía en el culto de la mañana"—dice uno de ellos. "Gracias,
Señor, por la ventura más grande de mi vida, el haber pasado por sus aulas,
donde el amor cristiano fue enseñado y demostrado por sus fundadores . . .
"—dice otro. Sería interminable citarlos a todos, pero es maravilloso
que a través de los años esta llama de fervor progresivista se mantenga viva,
sin que se observen señales de apagarse.
